Para no pasar momentos de ocio reales y teniendo la desventaja de habernos quedado fuera de nuestra casa sin llaves, viniendo de por ahí cargando un cansancio emocional provocado por
ella, es recomendable recostarse boca arriba sobre el frío piso, con nuestra dura mochila reemplazando a cualquier almohada, escudriñando casi poéticamente la luna en el techo-espejo, esquivando esos algodoncitos blancos y como viendo a uno que yace tapado solamente con su ropa en el porche y con la resignación saliendo por la sonrisa de felicidad esperanzadora, no se requiere mucho dinero en el momento, a menos que nuestro cuerpo sea antojado por el azúcar cada ciertas horas.
El pequeño teléfono que nos acerca a lo lejano se puede olvidar gracias al botón de apagado, nada interrumpiría, más que el aire que inevitablemente pasa por doquier (doquier es una palabra que usamos cada vez que no queremos ser específicos).
Se recomienda arrojar nuestra mente y nuestro imbécil intento de hablar con
ella mentalmente sobre sus pasos, el sonido de éstos y el olor de la brisa al pasar ella. También es útil pensar en música, en el rasgueo de las cuerdas de una guitarra, en la capacidad de manipular el sonido, especialmente si se lo dedicas a
ella.
Es casi emocionante el hecho de imaginarla sentada, comiendo y darnos una idea de lo que hace, es casi morboso, pero retira ese tumor del alma momentáneamente, vale la pena a veces.
Claro que hay que estar preparados para la ¿terrible? idea de que ella ni en cuenta está sobre nuestro pensar/sufrimiento/pérdida de tiempo... no es tan terrible si nos damos cuenta que no somos el destino y que es más probable volar por el aire a ser el destino por un día, digamos algún sábado de Octubre.
Los milagros no suceden, a menos que podamos enloquecer a voluntad.